La percepción histórica de dios

La primera «prueba» a la que recurre el autor del artículo que estamos analizando[1] –y de hecho, una buena cantidad de creyentes– para corroborar la existencia de dios, es ese «pensamiento –o noción– de dios» que ha estado en la mente de todos los seres humanos «desde tiempos inmemoriales», y que exhibe también haciendo referencia a un «un estudio de la Universidad de Sheffield» –cuya fuente no se expone, hay que agregar–, en el que tras la pregunta de «¿Por qué creer en Dios?», los estudiantes que participaron dan una larga lista de respuestas de carácter intuitivas.

Yo diría que esa «consciencia histórica de dios» que, en efecto, ha aparecido «con terca insistencia en todos los lugares y todos los tiempos, hasta en las civilizaciones más arcaicas y aisladas de las que se ha tenido conocimiento», constituye de hecho un pesado obstáculo para cualquier religión específica y su doctrina, dado que ella se ha expresado en varias decenas de formas a lo largo de la historia y siempre en función de realidades determinadas. Esta «consciencia histórica de dios» no otorga mayor validez al cristianismo que, por ejemplo, a la religión del antiguo Egipto, ni siquiera conlleva a que el monoteísmo sea correcto por sobre el politeísmo o cualquiera de las posturas teístas que han existido hasta hoy. A decir verdad, si hacemos uso de la condición de historicidad implícita en el argumento de la noción de dios, podríamos incluso alegar que el politeísmo, por haber existido entre los seres humanos desde hace más tiempo que el monoteísmo, que es relativamente nuevo, tiene más posibilidades de ser cierto. Ya quisiera ver la posición de un católico o de un musulmán frente a esta premisa.

La «consciencia histórica de dios» es contraria a las religiones que no aceptan visiones distintas a la suya porque plantea preguntas del tipo: ¿Por qué creer en tu dios y no en otro u otros?, o ¿Por qué debo seguir a Jesús de Nazaret y no a Osiris, o a Zeus, o a Alá?, que hasta hoy –al menos que yo sepa– ningún líder religioso ha sido capaz de responder. Más aún, bajo esta noción histórica de la divinidad uno bien puede plantear, en una concepción quizá más moderna y cercana al panteísmo o al naturalismo, que dios, en tanto ente creador del universo y los seres humanos, podría ser un fenómeno natural, como el big bang; una partícula fundamental que dio origen a todo lo demás; o la naturaleza y el universo mismos.

Politeísmo.[2]

Ahora bien, una idea o pensamiento no da cuenta de un hecho objetivo solo por haber estado –en versiones distintas pero con un elemento central único– en la consciencia de los seres humanos a lo largo de toda la historia o por una buena parte de la misma. Como puede verse en una buena cantidad de interesantes casos de ideas o creencias intuitivas que, aunque muy extendidas entre muchas comunidades, fueron impugnadas por la ciencia y su muy estructurado método para acceder a verdades. Aunque tal vez poco relevante o digno de comparación, un ejemplo a mi juicio revelador es el de la caída de objetos de diferentes pesos al suelo. Es muy probable que la idea de que los objetos más pesados caen más rápidamente al suelo que los más livianos haya estado y esté aún hoy presente en el grueso de la población; incluso a pesar de que ya no exista ninguna duda, a nivel científico, de que eso no es cierto. Así como ésta, hay un sinfín de ideas más que los seres humanos aceptamos como verdades, pero que en realidad no lo son.

Dada su propensión, casi natural, a postular creencias intuitivas como hechos irrefutables y su muy baja capacidad para modificar los conceptos formados alrededor de éstos, precisamente la religión ha visto en incontables ocasiones cómo sus planteamientos derivados de pensamientos comunes en todas las personas son aplastados por la ciencia y el método científico; a veces tras episodios socialmente tumultuosos debido al golpe que ello pudo haber significado en su momento hacia una autoridad eclesiástica que gozaba también de alta jerarquía social. Diría que en parte por eso es que las enseñanzas religiosas ya no son al día de hoy fuentes confiables para llegar a verdades en casi ninguna área del conocimiento humano o en relación con las principales inquietudes que aquejan a las sociedades –aunque mucha gente, en especial religiosa, esté en desacuerdo con esto–. Según mi apreciación, hay muy pocas cosas en las que las religiones no están y/o jamás han estado equivocadas, tanto así que ya sus opiniones oficiales sobre muchos de los problemas actuales en Occidente ni siquiera son tomadas en cuenta. Pareciera que la tendencia en este aspecto por parte del cristianismo –la religión predominante en Occidente– es quedarse atascado en cuestiones filosóficas como la existencia de dios, en tanto desatiende asuntos de mayor relevancia moral, filosófica y/o social.

Volviendo a los supuestos hechos derivados de ideas colectivas que resultaron ser por completo equivocados, nos topamos con el modelo heliocéntrico del universo propuesto por Nicolás Copérnico en 1543 y adoptado por Galileo Galilei décadas más tarde a partir de sus observaciones astronómicas, que en el siglo XVII provocó que la Iglesia Católica reaccionara declarando, a través de la Inquisición, que la teoría en cuestión era «formalmente herética», además de «ridícula y absurda en su filosofía»; ordenando a Galileo que abandonara la «opinión de que de que el Sol se sitúa en el centro del mundo y la Tierra se mueve», y que se abstuviera de «sostenerla, enseñarla o defenderla de cualquier manera, oralmente o por escrito», si no quería que el Santo Oficio emprendiera procedimientos en su contra; y prohibiendo a continuación tanto las obras de este físico como las de Copérnico.

La posición de la Iglesia se debió en esencia a que el heliocentrismo contradecía al geocentrismo de Aristóteles y Ptolomeo, según el cual el planeta tierra se hallaba en el centro del universo, y los astros, incluido el sol, giraban alrededor del primero. Esta teoría era aceptada por la Iglesia debido a que concordaba con la imagen católica de la humanidad como el centro del universo; asimismo, si la tierra era inmóvil, la historia de Josué ordenando al sol detenerse tenía mayores posibilidades de ser verdadera. Vale la pena agregar que aunque el relato, en especial debido a su brevedad, pareciera exhibir a una Iglesia impotente y malvada que caprichosamente se opuso a la ciencia copernicana prohibiéndola cual tirano opresor, la verdad es que esta historia, cuando se analiza con más detalle, contiene matices y circunstancias bajo las que se puede llegar a comprender que ni la Iglesia era el malvado monstruo oscurantista que no pocos alegan, ni los defensores del heliocentrismo eran del todo iluminados.

El punto es que, pese a que nadie en ese entonces podía haberse imaginado que la tierra giraba alrededor del sol, resultó que esto era precisamente lo que sucedía. Y algo parecido podemos decir de la idea de la tierra plana, con seguridad predominante en la consciencia de la población mundial hasta la Edad Media, cuando el descubrimiento del Nuevo Mundo dejó en claro para la enorme mayoría lo que los académicos probablemente ya sabían desde hace mucho tiempo: que la tierra no era plana, sino esférica. Vemos cómo aún en la actualidad hay quienes siguen creyendo que la tierra es plana como un disco de determinado grosor, aun pese a la abrumadora cantidad de pruebas científicas que demuestran que es esférica, o más bien como un huevo duro.

Galileo frente a La Inquisición.[3]

La verdad, si lo pensamos bien, es que la persistencia de la idea de que la tierra es plana no debería impresionarnos demasiado, dado que, en primer lugar, esto es lo que nuestra intuición nos dice a través de nuestra experiencia cotidiana y, en segundo, la forma en que los seres humanos entendemos el mundo y las decisiones que solemos tomar al respecto están guiadas por ella mucho más que por la razón, debido a nuestra tendencia instintiva, basada en la supervivencia, a encontrar explicaciones rápidas y convenientes con nuestras emociones de la realidad que observamos. ¿Qué persona común y corriente, poco interesada en la astrofísica, podría afirmar con total seguridad que observa que la tierra es redonda; más aún si tenemos en cuenta que es un asunto que no interfiere de ninguna manera con su vida diaria? Lo cierto es que la mayoría de la gente «sabe» que la tierra es redonda porque ésa es la enseñanza que ha estado recibiendo desde niño, no porque en realidad conozca las pruebas de tal hecho. Y éste es el motivo del por qué tantos son tan vulnerables de creer en el llamado «terraplanismo» y sus argumentos a veces aparentemente razonables. 

Esto debería constituir ya un patente motivo para desconfiar de nuestros conocimientos intuitivos, como esos que la religión se encarga de refrendar muchas veces a través de razonamientos más complejos –algo parecido, en cierta medida, a lo que sucede con el terraplanismo–. Más todavía considerando los sesgos de nuestra intuición, que, como dice Tom Gilovich, profesor de psicología en la Universidad de Cornell, discrimina eventos menos dramáticos y de interés periodístico y aquellos que no están relacionados entre sí, en tanto que exalta de manera desproporcionada las coincidencias.

Pero de todos los hechos ya incuestionables que han derrumbado e incluso reformado conocimientos intuitivos que antes se tenían por indiscutibles –como el de la no existencia de «razas» y el del cambio climático–, quizás el que tenga más peso, precisamente por haber constituido un durísimo golpe a la creencia en un dios creador de la humanidad y a varios dogmas religiosos, sea el de la evolución, respecto al que todavía mucha gente se opone en favor del «creacionismo»[4] religioso y que es malentendido incluso por una buena cantidad de quienes dicen estar de acuerdo con él.

Entonces, que la aplastante mayoría de los seres humanos a lo largo de la historia haya intuido –o intuya en el presente– la existencia de un «ser inteligente» creador del universo y de los seres vivos, no significa ni remotamente que esto tenga que ser verdad, mucho menos, como se dijo antes, que dicho ser sea tal y como se describe en el cristianismo, o en el islam, o en cualquier otra religión en el mundo, y peor aún, que debamos rendirle obediencia o alguna clase de tributo. Según nuestra defectuosa intuición, «dios» bien podría ser desde un acontecimiento específico hasta una partícula de la que nace todo el universo. Tal vez incluso un miembro más de una familia de seres todopoderosos cada uno creador de un universo distinto.

Dentro de un marco de análisis, si se quiere, más amplio, que nos permita «aterrizar» esa conciencia histórica de dios al que el autor del artículo que estamos tratando hace referencia, podemos decir que la razón de ésta, una vez más, lejos de ser manifestación de la realidad, se halla justo en lo que se expone en el último de los párrafos del primer apartado –antes de la primera pregunta del alumno ateo–. Parafraseando: la gente cree que hay un dios que rige el universo y que éste debe ser más o menos como se dice en alguna religión, simplemente porque en ello encuentra respuestas rápidas a preguntas inquietantes y de otra manera difíciles de contestar: ¿Qué viene después de la muerte? ¿Por qué hay que hacer el bien en lugar del mal? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué debemos hacer para vivir tranquilos?

Religión desde el punto de vista histórico

Tras la primera pregunta del alumno ateo –que a mi parecer no tiene ningún sentido, puesto que el hecho de que mucha gente no quiera hacer lo mismo que hacían otros en el pasado es inútil para dar cuenta de que «dios no existe»–, y como parte de la contestación a ésta, el autor argumenta que de alguna manera la historia sirve para dar cuenta de la existencia de dios –en tanto que, a partir de lo expuesto antes, confirma el hecho de que la gente siempre ha creído en ello–, y que, siendo así, nunca está de más mirar hacia ésta para encontrar alguna perspectiva relacionada que sirva a nuestra vida.

Aunque, siendo rigurosos, no sería correcto situar a la historia como una disciplina enfrentada a la religión, lo cierto es que es más desacertado todavía colocarla en el papel de aliada. Tal como cualquier otra ciencia, ésta es más bien indiferente a los asuntos de la fe, si bien en ocasiones puede llegar a desacreditar o a avalar las consideraciones sobre las que algunos de éstos se fundan. Ahora bien, no cabe duda de que a través de la historia es posible desdecir varios de los supuestos acontecimientos históricos de los que las religiones más importantes del mundo derivan sus dogmas, al menos en su interpretación literal. En el caso del cristianismo, por ejemplo, uno puede poner en duda la «divinidad» de Jesucristo –y tal vez hasta su existencia tal y como es relatada en la biblia– a partir del hecho de que los historiadores de la época en la que vivió y de varias décadas más tarde –que no eran pocos y que crearon una buena cantidad de textos– apenas lo mencionan de forma efímera en un par de ocasiones ¿Cómo es posible que un individuo que era capaz de caminar sobre el agua, curar a los enfermos y multiplicar los panes, no generara un enorme impacto ni siquiera en su propia comunidad?

Luego, sin dejar de lado esa enorme cantidad de «hechos» bíblicos que, como el de la divinidad de Jesús, son por completo cuestionables por no tener ninguna referencia en ningún otro escrito histórico –y por rayar, en ocasiones, en lo absurdo, dada la nula coherencia que sostienen con otras áreas del conocimiento, como es el caso del diluvio, las 12 plagas egipcias o la apertura del Mar Rojo a manos de Moisés, etc.–, tenemos otros que la historia ya contradice de lleno al ofrecernos una versión distinta basada en otras fuentes que, por una u otra razón, poseen mayor credibilidad. La fecha del nacimiento de Jesús, por ejemplo, es uno de éstos, debido a que, según los evangelios de Lucas y Mateos, habría tenido lugar en los «días de Herodes, rey de Judea»[5][6]; y en el tiempo en que –esta vez solo de acuerdo con el evangelio de Lucas– Publio Sulpicio Quirinio era gobernador de Siria y se llevaba a cabo, por orden de Augusto, emperador romano de entonces, un censo sobre todo el imperio, que obligaba a José y a su embarazada esposa, María, a desplazarse desde Nazaret –Galilea– a Belén –Judea–, ciudad de David.

El primer error en el relato es que Herodes «el grande» murió, de acuerdo con la mayoría de los académicos, entre finales de marzo y principios de abril del año 4 a.C.; luego, Quirinio no fue dirigente de Siria sino hasta el año 6 d.C. casi una década después de la muerte del primero. Por otro lado, no hubo un censo en todo el territorio romano bajo el gobierno de Augusto, y sí lo hubo solo en Judea –no en Galilea, por lo que no podría haber afectado a José y a su familia–, cuando Quirinio se hizo con el gobierno de Siria por imposición de Roma. Finalmente, los censos romanos no exigían en absoluto que las personas viajaran desde los territorios donde residían a sus lugares ancestrales. Uno podría decir que la intención de Lucas tras sus artificios históricos era, en gran medida, situar el nacimiento de Jesús en Belén, misma ciudad de David, rey histórico de Judá de quien, se supone, Jesús debía descender.

Nacimiento de Jesús.[7]

Un tercer grupo de hechos bíblicos cuestionados por la historia son esos que, según lo que nos sugiere esta ciencia, bien podrían derivar en realidad de mitos o creencias mucho más antiguos y/o de otras culturas. Entre ellos, por ejemplo, la historia de un Moisés recién nacido que, dada la intención del rey egipcio de aniquilar a todos los niños hebreos –puesto que se sentía amenazado por el crecimiento de esta población– fue escondido por su madre durante tres meses y luego puesto por ella en una pequeña canasta de juncos, impermeabilizada con betún y brea, que se dejaría a la deriva en el río Nilo y que flotaría hasta donde se bañaba la hija del rey; quien al toparse con el pequeño decidiría tomarlo y criarlo como su hijo. El paralelo más sorprendente de este relato se halla en la leyenda del nacimiento de Sargón el Grande, fundador del imperio acadio que vivió en el siglo 23 antes de Cristo y que, como Moisés, habría nacido en peligro por ser hijo ilegítimo de una sacerdotisa; quien, para salvarlo, lo colocó en una canasta de juncos que flotaría en el río hasta llegar a manos de un jardinero llamado Akki, en la ciudad de Kish, que criaría al bebé para convertirse en un humilde jardinero hasta que la diosa Ishtar se interesara por él y lo encaminara hacia la realeza.

Cabe la posibilidad, como señalan distintos autores, de que la historia del nacimiento de Moisés haya sido escrita antes que la de Sargón, y que, en consecuencia, sea imposible que derive de ésta. Sin embargo, más allá de lo que a priori nos insinúa la leyenda del nacimiento de Sargón –que pudo haber sido la inspiración para la del Moisés bíblico–, ella también constituye una muestra de que, en la antigüedad, las historias de niños abandonados que nacen en la oscuridad para convertirse en héroes destinados a la grandeza eran relativamente comunes.

Los paralelismos entre Osiris/Horus y Jesús, entre Eva y Pandora, o, más todavía, entre los mitos del diluvio bíblico y del diluvio mesopotámico, constituyen otra invitación a pensar en si una buena cantidad de los «hechos» fantásticos expuestos en la biblia, lejos de haber ocurrido en realidad, no habrán sido tomados prestado de los mitos de otras culturas. Volviendo al diluvio mesopotámico, en él también una fuerza divina, representada por dioses que vivían con los humanos, toma la decisión de destruir a la raza humana a través de una colosal inundación, debido a que ésta se estaba volviendo violenta, ruidosa y rebelde. El dios Ea tuvo piedad y le avisó a Utnapishtim lo que sucedería, ordenándole destruir su casa, construir un barco y subir a éste a su familia y a las especies de animales vivientes conocidas. Tras seis días y seis noches de tempestad, la situación se calmaría y Utnapishtim podría asomarse a ver cómo en el paisaje solo se observaba el pico del monte Nisir, donde se encontraba estacionada el arca. Una semana más tarde, este personaje soltaría una paloma que volvió a la embarcación, luego una golondrina que también volvería, y finalmente un cuervo que no regresó y que, por tal motivo, fue una señal de que las aguas habían bajado –ya que el ave habría encontrado un lugar donde posarse–. Solo entonces Utnapishtim saldría del arca, haría una libación y quemaría como ofrenda a los dioses cañas y medaras de cedro y mirto.

En mi opinión, las similitudes entre ambos mitos del diluvio universal, además de reducir las posibilidades de que un episodio como éste haya sucedido alguna vez, constituyen un fuerte motivo para creer que la historia del arca de Noé no es más que un invento ni siquiera originalmente judío. De aquí que –y sin necesidad de mirar a esos «hechos» narrados en un capítulo de la biblia que se topan con contradicciones en otro capítulo posterior–, a mi parecer, «echar una mirada a la historia» bien puede ser contraproducente para un cristiano, o un religioso en general, que esté buscando evidencias de la existencia de dios para fortalecer su fe. En cierta medida yo mismo podría proponerme como un ejemplo de ello, y es que, hace una buena cantidad de años ya, en la etapa de mi vida en la que era más creyente que nunca –aunque no practicante de alguna religión específica, vale decir–, la lectura detallada de la invasión de Hispanoamérica por parte del Imperio Español –en su versión latinoamericana, dicho sea de paso, dado el persistente énfasis que se hacían a los supuestos actos de crueldad de los conquistadores–, al hacer que me cuestionara con dureza la existencia de un dios benevolente y todopoderoso tal y como era planteado por el cristianismo, se convirtió en el punto de inicio del camino que me llevaría hacia mi postura actual.

Claro que no puede decirse que el autor esté equivocado del todo en lo que indica en el artículo respecto a la historia, pues, en efecto, ésta nos dice con toda claridad que la religión –y/o la creencia en alguna deidad– siempre ha sido, en general, una constante en todos los pueblos del mundo. Pero, una vez más, éste no es un hecho que sirva de refuerzo a ninguna religión específica. Las más importantes de nuestro tiempo, en cuanto a número de seguidores, no quedan bien paradas a la luz de tal hecho, que, lejos de dar cuenta de la existencia de un dios específico –o de varios–, en realidad lo que hace es poner de manifiesto: en primer lugar, que la creencia en divinidades, dada su universalidad, debe estar de alguna manera inscrita en el cerebro humano gracias a la selección natural y, en consecuencia, tener una causa evolutiva que la explique; y en segundo, ciertas características inherentes a la mente de los seres humanos: como nuestro sentido de agencia, que, además de ser uno de los mecanismos cognitivos evolucionados que nos hace capaces de cooperar unos con otros, nos lleva a asumir intuitivamente la presencia de éste en otros seres vivos y objetos inanimados.

Mito del diluvio mesopotámico.[8]

Juzgamos las acciones de otras personas en función de si fueron intencionales o no, y tendemos a asumir intencionalidad en situaciones donde probablemente ésta no tiene lugar. Así, cuando vamos conduciendo y otro vehículo se interpone de forma brusca y repentina en nuestro camino, pensamos de inmediato que el conductor ha hecho la acción a propósito, en vez de suponer que simplemente no nos vieron. Creemos que el comportamiento de la gente se debe más a su propia determinación que a la influencia de las circunstancias y las limitaciones en las que viven. Es el mismo sentido de agencia hipersensible que también nos hace inferir intencionalidad en procesos naturales y objetos inertes; como hacían nuestros antepasados al creer en espíritus del agua y de los bosques, o como hacemos nosotros mismos hoy en día –en una sociedad ya relativamente avanzada y con amplio acceso al conocimiento científico– al suplicarle a nuestro auto averiado que encienda o maldecir a la computadora cuando se queda congelada. Cuando nos enfrentamos a una situación impredecible y misteriosa que está fuera de nuestro control, de forma natural detectamos la agencia en lo que nos rodea. 

La creencia de que la acción sobrenatural se halla en el mundo y puede influir en los acontecimientos, derivada en gran medida del sentido de agencia, aparece como un rasgo universal, harto común en todas las personas condicionadas por normas culturales. Asimismo, este pensamiento estaba presente en las sociedades de cazadores-recolectores, que, sin embargo, aún no desarrollaban religión alguna. El salto pudo haber venido quizás hace unos 15.000 años, cuando los humanos empezaron a adoptar la agricultura. Tras ella se produjo un excedente de alimentos que permitió el aumento del tamaño de las comunidades, que comenzaban a elevar su número de integrantes de unos pocos cientos a miles, y a abrir paso a auténticas ciudades-estado.

Cuando el tamaño del grupo social era relativamente pequeño, habría sido sencillo contar con los mecanismos psicológicos para tratar con los miembros de la comunidad, a quienes pasado un cierto tiempo uno podría llegar a conocer bien. Cuando el número de miembros se sitúa en decenas o cientos de miles, la gran mayoría de personas se vuelve desconocida, y se hace necesario inventar mecanismos que ayuden a mantener la cooperación humana, indispensable para la existencia. Así, mientras que en las sociedades pequeñas quienes no cooperaban o atentaban contra la cooperación podían ser fácilmente castigados, en las numerosas estos tramposos tenían la oportunidad de aprovecharse de los demás sin sufrir las consecuencias; la respuesta entonces fue la creación de dioses vigilantes que castigaran a los malhechores. A partir de aquí se comprendería la universalidad de la religión organizada –así como del sentido de agencia y del pensamiento animista–, y por qué ésta creció de la mano del surgimiento de las ciudades-estados.

Bibliografía

Abraham Alonso; Muy Interesante. Hace 400 años: la Iglesia ataca el heliocentrismo (enero, 2016). https://www.muyinteresante.es/revista-muy/noticias-muy/articulo/hace-400-anos-la-iglesia-ataca-el-heliocentrismo-461454053866

Colin Chapman & Michael Huffman; Animal Sentience. Why do we want to think humans are different? (2018). https://www.wellbeingintlstudiesrepository.org/cgi/viewcontent.cgi?article=1358&context=animsent

Daniel Mediavilla; El País. ¿Por qué la gente sigue creyendo en Dios? (marzo, 2016). https://elpais.com/elpais/2016/03/22/ciencia/1458685280_291426.html

David Ludden; Psychology Today. Why Do People Believe in God? (agosto, 2018). https://www.psychologytoday.com/us/blog/talking-apes/201808/why-do-people-believe-in-god

Mark Stibich; Very well mind. What Is Religion? (septiembre, 2020). https://www.verywellmind.com/how-young-adults-are-finding-religion-4128793

Michael Heiser; LOGOS. Was the Story of Moses Based on an Ancient Legend? (abril, 2017). https://blog.logos.com/story-moses-based-ancient-legend/

Rhett Allain; Wired. Aristotle Was Wrong—Very Wrong—But People Still Love Him (septiembre, 2018). https://www.wired.com/story/aristotle-was-wrong-very-wrong-but-people-still-love-him/


[1] Aldo Llanos Marín. ¿POR QUÉ CREER EN DIOS? – En clase con un ateo*0 (octubre, 2008). https://web.archive.org/web/20141227162407/http://www.tomasalvira.com/?p=72

[2] Alejo Marino; Historiando. Politeísmo (diciembre, 2018). https://www.historiando.org/politeismo/

[3] Gemeinfrei; The World of the Habsburgs. Galileo before the Inquisition, coloured lithograph after a drawing by Albert Cherau, c. 1865. https://www.habsburger.net/en/media/galileo-inquisition-coloured-lithograph-after-drawing-albert-cherau-c-1865

[4] Creencia religiosa de que el universo y la vida se originaron «de actos concretos de creación divina»

[5] Bible Gateway. Lucas 1:5-22. https://www.biblegateway.com/passage/?search=Lucas%201%3A5-22&version=RVA

[6] Bible Gateway. Mateo 2:1-22. https://www.biblegateway.com/passage/?search=Mateo%202%3A1-22&version=RVR1960;NVI

[7] Science and Faith. The Birth of Jesus Christ. https://www.thesciencefaith.com/the-birth-of-jesus-christ/

[8] Thomas Swan; Owlcation. The Sumerian Flood Story (octubre, 2020). https://owlcation.com/humanities/The-Sumerian-Flood-Story